Valientes y valiosos

23.8.10

Les étoiles, de Melody Gardot


No creo en las casualidades, la chiripa de un hallazgo imprevisto. Porque me resulta muy difícil entender que una coincidencia espacio-temporal no sea una señal de los hados. Porque la estadística me da la razón; he vivido situaciones impensables, he conocido personas increíbles, y la explicación no pasa por el simple azar.

Sí, creo en un Destino combinado con el libre albedrío - he conseguido conciliar ambos mundos en mi cabecita oportunista, he decidido salvar los vericuetos filosóficos y creer en lo que más me conviene.

Hace tiempo demostré empíricamente que la fortuna sonríe a los valientes; y tú demostraste estar hecho de una pasta especial. Nunca tuve tan poco que ofrecer y jamás recibí tanto a cambio. Al principio tenías curiosidad, ¿quién era esa chica extranjera que se había autoinvitado a dormir en tu casa? ....
Un par de cervezas después, nos caímos bien y todo.

Te caí tan bien que te convertiste en mi traductor oficial, el nexo con los demás, aunque yo era fastidiosa porque quería enterarme de todo lo que se hablaba en el grupo, de lo que decía la tele, de lo que ponía en el periódico.  No pude ser más molesta; era una invasora en tu intimidad,  como invitada estabas obligado a ser amable conmigo, me apropié del asiento delantero de tu coche (primero para ir a la compra, después para una excursión, luego a un pueblecito apartado, cada vez un destino más lejano y peregrino),  saquée tu despensa...

Te irritaba mi parloteo continuo, te enervaba cuando en el silencio del bosque rompía el encanto tarareando canciones,  te sacaban de quicio mis ideas inflexibles y acérrimas, y te reías cuando yo te hablaba de un futuro común.
Veníamos de sistemas interplanetarios diferentes, tú no entendías por qué para mí Internet era imprescindible, yo me extrañaba de que existiera aún un eremita auténtico, tú.

Por eso me sorprendías cuando, por las noches, buscabas un huequecito a mi lado para conversar conmigo de lo que fuera, y tus ojos describían una barrera entrañable, en la que no permitías que entrara nadie más.

Nunca tuve tan poco que ofrecer, fue una de las épocas en las que mi vida estaba devastada. Bolsillos casi vacíos, actitud lesiva, mente en modo autodestructivo, corazón  criogenizado, gratitud descascarillada. Una joya. No me pediste nunca nada a cambio.

No he podido devolverte todo lo que te debo. Espero que la vida, que es tan larga, innove un bucle casi imposible y pueda volver a cruzarme contigo en otro país, en otra ciudad, en la misma calle a la misma hora, aunque llevemos años sin saber el uno del otro, y poder devolverte multiplicado por cien aquello que no supe demostrarte y que te debo. O que desde el cielo, las estrellas, que todo lo ven y tan sabias son, te premien como bien mereces, con la buena fortuna de no volver a encontrarme jamás.

4 comentarios:

Cote dijo...

Los hombres somos tontos. Nos irrita vuestro parloteo continuo, nos enerva cuando rompéis el silencio tan encantador del bosque tarareando canciones, nos saca de quicio vuestras ideas inflexibles y acérrimas y nos reimos cuando habláis de un futuro en común. Menos mal que aun quedamos unos pocos rebeldes, que todo eso que los demás hombres detestan de vosotras, a nosotros nos encanta.

Darko Wiggin dijo...

Precioso re-encantamiento nostálgico

Yandros dijo...

El destino es extraño Darth
Yo no creo en él, pero sospecho que eso le hace gracia. Por eso a veces creo que debería creer, pero no sé en que cantidad. Pienso que la mayor proporción de las cosas en la vida dependen de tus actos, aunque no sigamos el hilo de las relaciones causa-efecto. Otras no dependen en absoluto de tí, como tu lugar de nacimiento. ¿Es esto acto del Destino? ¿O del azar? Son las dos caras de una moneda? ¿O son la misma cara pero la vemos diferente según como le de la luz?
Un abrazo

barbaria dijo...

Yo, al igual que tú, tuerzo las líneas del destino y del azar. Somos nosotros mismos, con nuestras decisiones, con nuestros actos lo que dibujamos el futuro y confío en dos cosas: en la providenca y en que la suerte sonríe a los audaces...y a veces se encuentran personas que parecen destinadas a nosotros, que pasan por nuestro lado, nos iluminan un instante y desaparecen como estrellas fugaces. Conjuremos para que los hados no nos tuerzan las esperanzas.