Valientes y valiosos

14.11.09

El diablo enamorado

En ese amanecer tan parecido al despertar de un sueño, enrojecidos los ojos, sucio y con barba de tres días, al cazador de libros tan sólo le quedaba su vieja bolsa de lona con el último ejemplar de Las Nueve Puertas dentro. Y la chica. Eso era cuanto la resaca había dejado en la orilla. La oyó gemir un poco a su lado y se volvió a mirarla. Dormía en el asiento contiguo, la trenca por encima, su cabeza en el hombro derecho de Corso. Respiraba suavemente, entreabiertos los labios, agitada por pequeños estremecimientos que a veces la sobresaltaban. Entonces gemía de nuevo muy bajito, con una pequeña arruga vertical entre las cejas dándole expresión de niña contrariada. (...)
Miró la bolsa de lona entre las piernas de la chica dormida. Dolía también, por supuesto, aquel sentimiento de derrota, incómodo cual un corte de cuchillo en la conciencia. La certeza de haber jugado según las reglas, legitimi certaverit, pero en dirección equivocada. Con la satisfacción del triunfo desvaneciéndose justo en el momento en el que ocurría éste, incompleto y parcial. Ficticio. Era lo mismo que vencer a fantasmas inexistentes, pelear con golpes contra el viento o gritar al silencio.

Quizá por eso Corso miraba hacía un rato, suspicaz, la ciudad suspendida en la niebla, en espera de que asentara los cimientos sobre tierra firme antes de penetrar en ella.

La respiración de la chica sonaba, rítmica y suave, en su hombro. Contempló el cuello desnudo entre los pliegues de la trenca; después acercó la mano izquierda hasta sentir el calor de la carne tibia latirle en los dedos. Olía, como siempre, a piel joven y a fiebre. Era fácil recorrer con la imaginación y el recuerdo las líneas largas, esbeltas y onduladas de su cuerpo hasta los pies descalzos, junto a sus zapatillas de tenis blancas y la bolsa. Irene Adler. Seguía ignorando incluso cómo referirse a ella, pero la recordó desnuda en la penumbra, la curva de sus caderas perfilada en contraluz, la boca entreabierta. Increíblemente bella y silenciosa, absorta en su propia juventud y al mismo tiempo serena como aguas tranquilas, sabia de siglos. Y dentro de aquellos ojos claros que lo miraban con la fijeza de las sombras, el reflejo, la imagen oscura del propio Corso entre toda la luz arrebatada al cielo.
Los ojos le observaban de nuevo, iris esmeralda entre largas pestañas. La chica había despertado, removiéndose soñolienta mientras se frotaba contra su hombro, y ahora se erguía por fin, alerta, mirando alrededor hasta que reparó en él.
- Hola, Corso - la trenca resbaló hasta sus pies, la camiseta de algodón blanco modelaba el torso perfecto, flexible, de hermoso animal joven - ¿Qué hacemos aquí?
- Esperar - señaló la ciudad que parecía flotar sobre la bruma del río. - Hasta que sea real.
Miró ella en la misma dirección, sin comprender al principio. Después sonrió despacio.
- Quizá no llegue a serlo nunca - dijo.
- Entonces nos quedaremos en este lugar. No es tan mal sitio, después de todo. Aquí arriba, con ese extraño mundo irreal a nuestros pies - se volvió hacia la chica y estuvo callado antes de proseguir.- Todo te lo daré, si postrándote, me adoras... ¿No vas a ofrecerme algo de eso?
La sonrisa de la joven estaba llena de ternura. Inclinó la cabeza, reflexionando, y después alzó los ojos para sostener la mirada de Corso.
-No. Yo soy pobre.
- Sí, lo sé - era cierto. Corso lo sabía sin necesidad de leer en la claridad de sus ojos. - Tu equipaje, y aquel vagón de tren... Es curioso. Siempre creí que allá, al final del arco iris, gozábais de recursos ilimitados - sonrió igual que el filo de la navaja que conservaba en su bolsillo - El saco de oro de Pedro Schlehmil y todo eso.
- Pues te equivocas - ahora apretaba los labios con obstinación - Sólo me tengo a mí misma.
También era verdad, y también Corso lo supo desde el principio. Ella nunca mintió. Inocente y sabia a la vez, leal y enamorada jovencita a la caza de una sombra. (...)

- Os creía omniscientes.
- Pues te equivocas - ahora lo miraba irritada. - Tampoco sé por qué te diriges a mí en plural. Hace mucho que estoy sola.
Siglos, tuvo la certeza. Siglos de soledad; no era posible engañarse sobre eso. La había abrazado desnuda, perdiéndose en la claridad de sus ojos. Estuvo dentro de aquel cuerpo, sintió en los labios la pulsación leve de su cuello, oyéndola gemir quedamente, niña asustada o ángel caído y solitario en busca de calor. Y la había visto dormir con los puños apretados, angustiada por pesadillas de arcángeles rubios y relucientes en sus armaduras, implacables, dogmáticos como el mismo Dios que le hacía marcar el paso de la oca. (...)

- ¿Ésa ha sido tu misión? - preguntó a la chica. - ¿Proteger Las Nueve Puertas...? Pues no creo que te vayan a poner una medalla.
- Eres injusto, Corso. (...)
- ¿Injusto? Hemos perdido dos de los tres libros. Y esas muertes absurdas; Fargas y la baronesa - poco le importaban, pero se obligó a acentuar la mueca. - Tú podías haberlas evitado.
Negaba con la cabeza, muy seria, sin apartar los ojos de los suyos.
- Hay cosas que no se pueden eludir, Corso. Hay castillos que deben arder, y hombres que ahorcar; perros destinados a despedazarse entre sí, virtudes que decapitar, puertas que se han de abrir para que otros pasen por ellas... - arrugó el entrecejo, inclinando la cabeza - Mi misión, como tú dices, era asegurarme que recorrías el camino a salvo.
- Pues ha sido un largo camino, para terminar en el punto de partida - Corso señaló la ciudad suspendida en la niebla - Y ahora debo entrar ahí.
- No debes. Nadie te obliga. Puedes olvidar todo esto y marcharte.
- ¿Sin conocer la respuesta?
- Sin afrontar la prueba. La respuesta la tienes en tí mismo.
- Qué bonita frase. Pónla en mi lápida cuando esté quemándome en los infiernos.
Ella le dio un golpe en la rodilla, sin violencia; casi amistoso.
- No seas idiota, Corso. Más a menudo de lo que la gente cree, las cosas son lo que uno quiere que sean. Incluso el diablo puede adoptar diversas apariencias. O esencias.
- El remordimiento, por ejemplo.
- Sí. Pero también el conocimiento y la belleza - la vio mirar de nuevo, preocupada, la ciudad- O el poder y la fortuna.
- De cualquier modo, el resultado final es el mismo; la condenación - repitió el ademán de firmar en el aire un contrato imaginario - Se paga con la inocencia del alma.
Ella suspiró otra vez.
- Tú pagaste hace tiempo, Corso. Todavía lo haces. Resulta curioso ese hábito de aplazarlo todo para el final, a modo de último acto de una tragedia... Cada uno arrastra su propia condena desde el principio. En cuanto al diablo, sólo es el dolor de Dios, la cólera de un dictador cogido en su propia trampa. La historia contada desde el lado de los vencedores.
- ¿Cuándo ocurrió?
- Hace más tiempo del que puedes concebir. Y fue muy duro. Pelée cien días y cien noches sin cuartel ni esperanza...- una sonrisa suave, apenas perceptible, apuntó en un extremo de su boca - Ése es mi único orgullo, Corso; haber luchado hasta el final. Retrocedí sin volver la espalda, entre otros que también caían de lo alto, ronca de gritar mi coraje, el miedo y la fatiga... Por fin me vi, después de la batalla, caminando por un páramo desolado; tan sola como fría es la eternidad... Todavía, a veces, encuentro una señal del combate, o un antiguo compañero se cruza por mi lado sin atreverse a levantar los ojos.
- ¿Por qué yo, entonces? ¿Por qué no buscaste en el otro bando, entre los que vencen? Yo sólo gano batallas a escala 1:5000
La chica se volvió a lo lejos, hacia la distancia. El sol despuntaba en ese instante, y el primer rayo de luz horizontal cortó la mañana con su trazo fino y rojizo que incidía directamente en su mirada. Cuando se volvió de nuevo a Corso, éste sintió vértigo al asomarse a toda aquella luz reflejada en los ojos verdes.
- Porque la lucidez no vence jamás. Y nunca mereció la pena seducir a un imbécil.
Entonces acercó sus labios y lo besó muy despacio, con dulzura infinita. Como si hubiera esperado una eternidad para hacer aquello.

El Club Dumas,
Arturo Pérez Reverte

4 comentarios:

PsicoAlhana dijo...

¡¡¡Ohhh!!! Sigo fascinada por Corso y creo que por el diablo también. QUe se pase un día a retarme, lo sigo esperando!

Y que decir de Reverte...simplemente poesia de la prosa, muy dificil de conseguir pero el, lo hace siempre.

Besooos!

Candela dijo...

Que lastima que destrozaran la pelicula!!! Con lo bien que quedaria este libro correctamente plasmado! Es uno de mis favoritos de Arturo, junto con La Piel del Tambor. Estoy deseando comprarme el ultimo, crei que saldria a tiempo de mi visita, pero creo que tendre que esperar hasta marzo.

Balovega dijo...

Hola.. no he leído este libro de Perez Reverte, sin embargo si he leído todos los de El Capitan Alatriste.. uff muy buenos..

Saludos de buen domingo

Mr Blogger dijo...

Hace demasiado que lo leí, tengo que releerlo porque ya nome acuerdo de nada...